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Blog gastronómico de

José María
Suárez Gallego



“El descubrimiento
de un nuevo plato
hace más por la felicidad
de la Humanidad
que el descubrimiento
de una nueva estrella.”


Jean Anthelme
Brillat-Savarin
(Belley 1775- Saint Denis 1826)

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Martes, 09 de diciembre de 2008

Los caracoles o la teoría de cómo regalar el tiempo

José María Suárez Gallego José María Suárez Gallego ©

Plato de caracoles

 

Hace algún tiempo en los cursos de verano de la Universidad Internacional de Andalucía “Antonio Machado” de Baeza, compartí aula durante una semana --además de cerveza a "la una y media, dos menos cuarto aproximadamente" y tapas de caracoles en el bar “Sales”--, con una estudiante japonesa que había venido a España tras los tópicos de don Quijote, y a la búsqueda de lo más genuinamente típico del flamenco. Son las tertulias que se desarrollan en las aulas tabernarias, y no en las académicas, las que más te enriquecen en estos cursos, diseñados la mayoría de las veces más para satisfacer el deseo irreprimible de hablar de lo profano y lo divino frente a una copa de buen moyate, que para plantearse a la sombra de una pantalla de transparencias si el mundo en el que vivimos tiene algunas soluciones para sus muchos problemas planteados.  

A mi condiscípula japonesa, ante una tapa de caracoles picantes, le salía la vena filosófica oriental y a la primera de cambio, justamente cuando le hacía efecto la segunda caña, contraponía el lento caminar de las “cabrillas” frente a las prisas que nos llevan de cabeza todas las horas de nuestras vidas. Poco menos venía a decirnos que en su lejano país se tenía la creencia que si uno se comía unos escalopes de gamo, o un arroz con conejo, adquiría metabólicamente del gamo y del conejo sus irrefrenables deseos de correr y saltar por las calles y por los campos. En cambio, de los caracoles recibíamos la sabiduría de la cadencia pausada de su lento caminar, lo que hacía posible que se nos alargara la vida a fuerza de estirar sus horas y ensanchar los criterios con los que nos enfrentamos al mundo. “Mardita sean las prisas”, decía con estudiado acento andaluz aquella ciudadana suburbial de Tokio. 

Me contó que en Japón cuando alguien va a visitar a un enfermo, o a una recién parida, en vez de llevarle pasteles –costumbre gastronomía que tristemente también se está perdiendo por estos pagos— se le obsequia con muchísimas y diminutas figurillas de papiroflexia –de pajaritas de papel y similares, paisano--, sin otro motivo que dejarle patente al obsequiado que lo que en realidad se le regala es el tiempo invertido en hacerlas, y, sobre todo, la paciencia para no perder los nervios al tratar de componer con una simple cuartilla de papel todos los bichos del arca de Noé en un tamaño de dos centímetros cada uno.                 

Hace unos días he recibido un correo electrónico de mi amiga japonesa en el que me felicita la Navidad y me cuenta que el próximo año no podrá venir a Baeza a filosofar sobre la vida frente a unas tapas de caracoles. Se encuentra trabajando como voluntaria cooperante de “Médicos sin fronteras” en Centroamérica, regalando el mayor y mejor de nuestros patrimonios: el tiempo hecho solidaridad.  

Aquí ya hemos aprendido a sufrir con paciencia eso que genéricamente llaman “las cosas de palacio”. Eso sí, paisano, comiendo caracoles con cerveza fresquita y haciendo cientos de pajaritas de papel como mi amiga la japonesa, que según parece es una buena terapia anti stress para templar los nervios y tomarse la vida con un poco de filosofía. Que falta nos hace con la que está cayendo. 

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Por: José María Suárez Gallego © | Artículos de Gastronomía | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

La fotografía que acompaña la foto no son caracoles cabrillas,corresponde a la variedad llamada de borgoña que en Jaén se les conone como bollunos.

Las cabrillas son de concha aplastada y no de esa forma tan cónica como corresponde a los preferidos por los vecinos al norte de los Pirineos.

Palotes | 04-05-2009 08:43:53

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